
La Estacional
A través de los milenios, los pueblos de la humanidad, en íntima comunión con los ritmos del cosmos, han reconocido en estas fechas una señal sagrada: Los cambios de estación. En ese giro perpetuo del tiempo, han visto un espejo del alma colectiva y de los ciclos eternos de la vida, la muerte y el renacimiento.
Primavera — el alba del mundo — encarna el nacimiento y la juventud;
Verano, la plenitud y la madurez;
Otoño, la cosecha y el crepúsculo dorado de la vejez;
Invierno, el sueño, la muerte aparente que aguarda el nuevo brote.
Estos ritmos no eran abstracciones: dictaban la supervivencia. Saber cuándo sembrar, cuándo esperar las lluvias y cuándo cosechar era un saber vital, casi sagrado. Así, las celebraciones no eran simples festividades, sino actos de reconocimiento a las divinidades que encarnaban el orden cósmico.
Pero esta visión no solo floreció donde las estaciones se dibujan con nitidez. También en los Andes ecuatorianos, en la línea misma del ecuador, donde el sol danza con precisión matemática, el pueblo celebraba y celebra sus propios equilibrios sagrados.
El Kulla Raymi, fiesta de la soberana Pachamama, celebra la fertilidad: la siembra que inaugura las lluvias y dispone el ánimo para la cosecha por venir.
Cada equinoccio es una bisagra celeste. Desde el Ecuador, el sol nace exactamente por el este: ni al norte ni al sur, un instante de equilibrio perfecto. Luego ese equilibrio se suelta: día a día el astro se desplaza hacia el sur hasta el 21 de diciembre, cuando amanece sobre el trópico de Capricornio y parece detener su aliento.
Desde allí inicia el retorno. Vuelve al punto justo del oriente el 21 de marzo —nuevo equinoccio— y entonces sí, florece la tierra y la gente celebra el Pawkar Raymi. Después, el sol continúa su ascenso hacia el norte hasta el 21 de junio, cuando toca el trópico de Cáncer y, como el cangrejo que le da nombre, se repliega. Tres meses más tarde, el 21 de septiembre, regresa al ecuador y amanece otra vez exactamente por el este, cerrando el círculo.
Festejar estos ciclos es recordar, en lo más íntimo de nuestro ser, que somos parte del cosmos. Que la Tierra gira, sí, pero que también nosotros giramos con ella. Que hay un tiempo que no es rectilíneo ni mecánico, sino espiralado, creciente, simbólico. Un tiempo que invita no solo a sembrar semillas en la tierra, sino a plantar ideas, sueños y acciones nuevas en este mundo convulso.
Porque en medio de tanto ruido y desarraigo, aún es posible —y necesario— reconectar con la memoria profunda de lo sagrado. Recordar que somos hijos del fuego estelar, que caminamos sobre la piel viva de la Madre Tierra, y que nuestra tarea no es solo habitar el mundo, sino soñarlo y recrearlo.
Marcelo Rivera
